El día de mañana

Después de años de intensa actividad, madrugando cada día para acudir presto al trabajo, debe ser difícil afrontar el día después. La mañana en la que uno se despierte y no tenga obligaciones laborales. A los que estamos cada día al pie del cañón este panorama nos puede evocar el dulce momento de las vacaciones, esa anhelada época del año en la que desaparecen temporalmente nuestros compromisos profesionales. A otros esta sensación les puede sugerir el temible desempleo. Sin embargo, hay un momento de la vida en el que este paso es inexorable y permanente: la jubilación. Por la mente de las personas que están cerca de finalizar su carrera profesional deben de acumularse muchos pensamientos. El alivio del esperado descanso se mezclará con la nostalgia del tiempo pasado. La perspectiva de vivir la vida con tanto tiempo libre debe ser parecida a la de aproximarse al borde de un pronunciado acantilado: uno camina con decisión para llegar al final del sendero, pero con cierta intranquilidad por descubrir lo que espera bajo sus pies.

Nuestra compañera más veterana, Humildad Zazo, esta cerca de vivir esa experiencia. Seguro que lleva meses tratando de imaginar cómo será el paisaje que se encontrará en su particular acantilado. El camino que la ha llevado hasta allí ha sido largo. Ha tardado 38 años en recorrerlo, desde que comenzara a trabajar para nosotros en un colegio de Alcorcón al que se llevaba la comida desde Móstoles. Poco después uniría su vida profesional al CEIP Parque de Lisboa, donde ha permanecido desde la fundación del colegio hasta hoy. Cientos de niños se han críado con los platos que ella les preparaba, de forma incansable, cada día. “Hacerlo con cariño, hacerlo como si hicieras en tu casa una comida para tus hijos. Eso es lo que más valoran los niños”, apuntaba en unas declaraciones que grabamos para un video corporativo. Atrás quedan cientos de recuerdos, cientos de personas y un buen puñado de compañeras y amigas, de las que seguirá disfrutando.

Las empresas no son nada sin las personas que se esfuerzan a diario unidas por un objetivo común. Por eso, la incertidumbre que debe rondar la cabeza de Humi es también nuestra. Nosotros nos acercamos al extremo de otro acantilado. Nos asalta la duda de cómo será el día de mañana sin ella. Sin sus ganas de aprender, sin su bondad, sin su dedicación y sin el cariño que mostraba por sus pequeños comensales. Ha llegado la hora de separar nuestros caminos, que cada uno de nosotros se asome al vacío del mañana para disfrutar del paisaje que se abre ante sus ojos. Nuestra es la elección de llegar a él al atardecer, para esperar con calma y melancolía a la anaranjada puesta de sol, o madrugar para saludar un rosáceo amanecer en el que comenzar una nueva vida. Cualquiera de estas opciones estará totalmente merecida. ¡Muchas gracias, Humi!

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